Fotos del Día de Muertos en el Panteón Dolores, una Crónica

Fue miércoles de despertar sin alarma, de pensar -antes de tener la voluntad para escapar de las sábanas- ¿qué voy a hacer hoy? Recordé que era día de muertos, que los cementerios estarían a reventar, y que nunca he ido a uno en Día de Muertos.

 

 

El Panteón Civil de Dolores es famoso por su tamaño, “el más grande de toda latinoamérica” me dice uno de los trabajadores que a su vez me pide una identificación para poder seguir tomando fotografías.

 

-¿A quién viene a ver?

Le miento que a una tía.

- ¿Dónde está su tumba?

-Al fondo a la derecha.

Ríe… y me deja ir.

 

 

Desde la entrada se percibe la magnitud de personas que a sus seres queridos vienen a visitar. Yo compré dos ramos de flor de terciopelo por treinta pesos cada uno. Ya adentro, caminando y observando a la gente, comprobé que era más novato de lo que creía: para una visita digna -como creo la llamaría yo- se requiere de lo siguiente: una familia extensa incluyendo niños; una escoba para despejar la lápida de hojas secas, tierra, y plantas de enredadera marchitas; mucho cempasúchil, flores blancas, y rojas; agua, comida, música, y cervezas.

 

 

Cada sección era testigo de una visita digna, en cada uno de estos mausoleos se escuchaban las canciones o las estaciones favoritas de quienes ya no están más con nosotros. Algunas familias platicaban con evidente melancolía, otras reían, otras más hasta borrachas parecían. A quienes se les olvidaron las bocinas usaban los celulares como alternativa, quienes se veían espléndidos contrataban mariachis.

 

 

 

Lo especial del día de muertos, o el día de todos los Santos (como le gusten decir) es la alegría que genera alrededor de un tema tan imponente e impotente como es la muerte. En cada esquina se vendían helados, papitas, botanas, refrescos; hasta “pizzas calientitas”. Muy seguido llegaba una mini pandilla de niños pequeños a pedir calaverita, todos ellos disfrazados; mayormente de catrinas y diablitos. Cruzarse con turistas no era raro, para ellos -pensaría yo- ver a la gente acompañar a sus occisos era un disfrute. Incluso habían cilindreros. De no ser por las tumbas, el lugar parecía más un parque que un panteón.

 

 

Quizás una de las razones por las que se respira tanto optimismo es por la negación a aceptar que el difunto ya no está; que al compartir su comida favorita, su música, y hacer una fiesta alrededor de él, pretendemos que nunca nos dejó. Quizás los mexicanos somos en exceso sabios y sabemos recordar las alegrías a diferencia de entristecernos con el dolor. Sea cual sea la explicación, alegría es el resultado.

 

 

Entre tantas tumbas pensar en la cantidad de muertos resulta inevitable, al igual que pensar en el tamaño de panteón que se necesitaría para enterrar a todos nuestros muertos víctimas de la guerra entre y con el narcotráfico, pensamiento desgarrador que ese día a pocas personas les pasó por la cabeza, creo yo. En el Día de Muertos uno celebra a los suyos, a los que tienen nombre y cara, no a quienes murieron quién sabe dónde, en manos de quién sabe quién. Pero todos fueron hijos de alguien. Continúo caminando.

 

 

 

“No puedes correr entre las lápidas mamita” le decía su abuela a una niña de no más de seis años, ¿por qué? preguntó la pequeña. -Porque les duele: mira ven y yo te piso, a ver cómo se siente.

 

 

Folclórico me pareció el hecho de ver un sólo tipo de letrero a lo largo de las secciones que durante dos horas logré caminar: “prohibido tirar basura”, al parecer es una práctica que hasta la muerte nos llevamos.

 

Letrero en la parte de arriba a la derecha

 

Como todo en la vida: había seres olvidados y finados atendidos. Muchas más lápidas se quedaron sin decoración de las que tenían algún tipo de adorno. Pensaba esto mientras caminaba entre lo profundo de alguna sección poco visitada, mientras sentía esa calma y esa tranquilidad digna de los cementerios. Decidí, casi por impulso, dejar mis ramos de flores frente a la tumba que me acompañaba en ese momento; gestos buenos vienen de desconocidos, mi justificación al hecho.

 

Fotografía de la tumba que decoré

 

 

Mientras decoraba la tumba de la persona que nunca sabré quién o cómo era, apareció a mis espaldas un mariachi errante; era de los míos.

 

-¿Una melodía?

-¿A cuánto la canción?

-A 25 pesitos.

-Échese dos.

-¿Cuáles?

-Sus dos preferidas.

 

Nos cantó “Si nos dejan” del Charro Fernandez, y “Mi Viejo”, un bolero que ese día escuché por primera vez. El bolero fue mi favorita, no le pregunté al difunto cuál fue la suya.

 

Mi viejo. "Yo tengo los años nuevos", gran frase, si me lo permiten.

 

 

Me fui del lugar sin preguntarle a la gente a quiénes venían a visitar, hace cuánto murieron, cómo eran… Pero me fui con el bonito sentimiento de ser parte de esta tierra, de tener tradiciones que mueven a millones, que alegran, y que hasta en la muerte reúnen familias.

 

 

Todas las fotografías fueron tomadas el día 2 de noviembre por Jonathan Nurko.

 


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