Desert Trip, Una Crónica Especial (Parte II)

Segunda entrega. Día 1. Bob Dylan y The Rolling Stones

Precavidos, pedimos el Uber dos horas antes del inicio. Un tramo de treinta minutos nos acabó por tomar hora y media. Nuestro Uber en cuestión lo conducía Michael, un americano de tez blanca de unos 60 años, ya retirado, pero aún trabajando de vez en mes en lo que solía hacer: construcción y mantenimiento de campos de golf. Platicando con él, nos enteramos que vivió 8 años en Acapulco, lugar natal de su esposa, además de haber estado en la mitad de los estados mexicanos arreglando campos.

 

Captura de pantalla del viaje hacia el Desert Trip en manos de Michael (y sus 5 estrellas correspondientes)

 

Le tocó vivir el huracán Paulina, huracán que a principios de octubre de 1997 pasó por las costas de Oaxaca y Guerrero, causando en Acapulco 123 muertes, dejando a más de 5 mil personas sin casa, y a un millón sin agua. Durante 3 ó 4 semanas ayudó a la gente para que con cubetas pudieran tener agua, les daba aventón de un lugar a otro. “Todos se ayudaban entre todos, por supuesto”. Paulina se convirtió en huracán categoría 4 (extremadamente peligroso) el 7 de octubre, a Michael le hubiera gustado saber que nos estaba contando esa historia el mismo día, pero 19 años después.

 

 Fotografía satelital del Huracán Paulina el 7 de Octubre

 

Acapulco “es un lugar loco, todos los días delito", nos dijo en su español lento y tierno, pero con ese inescapable acento gringo. Sobre la personalidad de los mexicanos agregó: “95% son muy amables, muy calurosos, especialmente en el interior del país... pero sales de la zona turística y es un poco diferente ¿sabes? Ese 5%: esos son los ladrones, los pendejos; las personas malas. Ustedes han ido a Cancún, a Acapulco... siempre va a haber esa persona que te jode hermano, ¿sabes a qué me refiero con que te jodan? Te va a robar algo, te va a mentir, te va a cobrar más dinero… ese es el 5%, esas son las personas malas: pero están en todos lados”.

Yo pensaba si Bob Dylan cantaría su canción de Hurricane.

 

“El único huracán inocente”. Canción de Bob Dylan.

 

El cable de auxiliar de Michael era especial: tenías que seleccionar una estación de radio donde sólo se escuchara ruido para poder poner tu música. Me recordó a mi primer auxiliar: era algo parecido pero en forma de casete que en su cinta magnética reproducía lo que en tu aparato seleccionabas. Haber pensado en eso me trajo de vuelta el sentimiento nostálgico por las cosas antiguas, me llevó a cuando Jagger, Dylan, Waters, y compañía eran jóvenes y soñaban con cosas, antiguas quizás. Dylan, de nuevo sonaba de fondo. Esta vez cedí el poder. Spotify tuvo buen gusto.

 

Auxiliar de Michael (Izquierda) junto a mi antiguo auxiliar

 

El tráfico era de no creerse, después de una hora en el coche nos entró la desesperación y sin mucho pensarlo empezamos a seguir a la multitud de personas que felices y convencidos caminaban por la banqueta, sólo para bajarnos al imponente sol y –tras entender que ninguno de los policías a los que se les preguntaba por indicaciones sabían más que nosotros– optamos por volver a pedir un Uber, esta vez nos recogió Nicandro. Por suerte sabía mejor cómo llegar, y nos tomó apenas media hora lo que a pie hubiera sido mucho más de una hora.

 

El señor, con un rosario colgado del retrovisor, llevaba ya 30 años en Estados Unidos, pero trayendo –cada que visitaba México– dos botellas de tequila porque de meter más, te multan. Nicandro solía vivir a 20 minutos del municipio de Tequila, Jalisco. Y todavía al hablar del verbo tomar, lo invoca con su mexicanización máxima: pistear. “El racismo nunca se va a acabar, siempre va a haber preferencia por los gabachos… es como todo. Pero te acostumbras, y si sabes hacer tu trabajo sí hay gabachos que lo aprecian, y hay unos que les vale gorro… ni modo”. Seguimos hablando de temas que a todo mexicano le interesaría escuchar sobre Estados Unidos: drogas, armas, racismo, y demás. Tras apenas dos canciones cortesía del radio, nos puso su disco que alternaba entre música de Jaguares y Caifanes. “Sigo siendo mexicano”, nos dijo y nos comprobó.  



 

 

Con los minutos justos y una panza vacía, comer y tomar algo resultaba elemental. El problema eran las colas, al menos treinta personas estaban formados en cada fila (excepto en la de cafés). La decisión entre ver a Dylan empezar o comer algo se puso sobre la mesa. El instinto habló y también la confirmación a un estereotipo; nos metimos en la fila, acto que amenizó la noche a una pareja con todas las palabras ya dichas. El tráfico, clima, música, y agradecimiento les produjo una sonrisa a ambos, y a nosotros unos chicken fingers sobre un waffle, sí; sobre un waffle!

 

Representación de nuestro sentimiento 


Bob Dylan

Casi corriendo, caminamos metiéndonos entre la gente hasta lo más adelante que nos permitían nuestros boletos de general. Para llegar pasamos por secciones de gente bastante mayor sentada en sillas de campamento; la comodidad les importaba más que estar cerca. Algo impresionado, noté que en la seción de pie donde nos establecimos, habíamos por igual jóvenes y mayores. La emoción no tiene edad, concluí feliz.

No pasaron ni cinco minutos cuando de golpe las enormes pantallas se iluminaron y proyectaron la figura de un Bob Dylan estético dentro de un escenario que a primera vista lucía como un estudio. Sorprendido creí que la introducción y la apertura eran esto. Cuando la canción terminó me di cuenta que ya era el real Bob Dylan, que el Desert Trip oficialmente había dado inicio. Rainy day women pasó desapercibida.

 

Rainy Day Women #12 &35, canción de apertura en el Desert Trip

 

Una amiga me había advertido, unos 5 años atrás, que en los conciertos de Dylan no se entiende lo que canta. Concuerdo. De las 16 canciones que tocó, con verguenza confieso únicamente haber conocido siete de ellas, pero debido a esa filosofía del recién nombrado Nobel de Literatura de nunca tocar de la misma manera sus canciones en los conciertos, incluso las canciones que me sabía no las podía cantar como tanto me hubiera encantado.

 

De entrada mi emoción por Dylan no tenía que ver con realmente disfrutar su concierto, sino que era más una cuestión simbólica en donde mi satisfacción bastaba con verlo, con decir que vi en carne y hueso al único, al enorme Bob Dylan. Sé que a mis hijos y nietos esa historia les gustará (y quizás canse después de tanto repetirla).

 

 

Con su propio estilo, Bob Dylan es el líder de la irrepetibilidad al cada concierto hacerlo único. Te dice "no intentes cantar, cállate y escucha lo que tengo que decirte". Además, realmente sabe "tocar un concierto". Aprovecha que lo has venido a ver y toma ventaja de ello. Dyland se extieeeende en sus conciertos. Desaprieta las palabras para que escuches las letras. Te extiende su mundo y prolonga la frecuencia: tal como un vinilo antiguo que al bajar la velocidad con la que gira, lentamente se desenrolla y deja salir.

 

Audio del concierto de Bob Dylan en el Desert Trip 

 

Dylan nos ofreció videos que a la perfección te remontaban de regreso a la época de cada una de las canciones: a los movimientos sociales de los sesentas y a la vida de los setentas. Nos maravilló con imágenes para quienes soñamos así, o música para quienes sueñan en compañía de ella.


¿Por qué todos queríamos vivir esto? se pregunta uno. Para absorber un poco de ellos, pensaría yo.

Bob Dylan se despidió de los 75 mil aficionados sin decir una sola palabra, la música se disculpó en su nombre. 

 

 

Fuentes: ReliefWeb(PDF) IGeograf


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