Desert Trip, Una Crónica Especial (Parte I)

De camino a ese oasis

-Jueves 6 de octubre-

El viaje fue un viaje de música. Desde el primer elemento viajero: el Uber, el tono de la aventura se estableció: ¿Discos para carretera? preguntó Javier, el conductor, luego de un buen rato de haber estado platicando de música. Lo pensé con calma y respondí que uno de Queen o The Police. Oasis dijo mi hermano, mi cuate de la vida y de conciertos. Javier nos terminó por dar una lista con artistas y bandas que sin falta, algún día debemos escuchar. Él tampoco podía creer que un festival como al que nos dirigíamos fuera real.

 

En el avión de ida sucedió algo inédito: olvidé mi Ipod en la maleta que documenté. Tantísimos viajes en avión teniendo a la música como relleno, como accesorio que compensa por el aburrimiento. Durante este vuelo no, hoy la música era parte de las nubes y del deseo; era lo que el momento pedía, y no música de fondo, no; música como personaje principal.

 

Finalmente me consolé con el pensamiento de aquella ley de la escasez: cuando tienes mucho no valoras, cuando no lo tienes lo suplicas. Yo suplicaba música. Mientras tanto, por la ventana se veía un paisaje árido con la curiosa habilidad de ponerte a pensar. Recordé haber leído que la edad promedio de los artistas del aclamado Desert Trip era de 72 años, convirtiendo al espectáculo en el más grande de la historia, dato que me causó gracia, pero llenó de fascinación. Dedicarse a lo mismo durante tanto tiempo suena, al menos para mí, algo que sólo las leyendas alcanzan. Tantas giras, tantos años fuera de casa, tantas canciones, desveladas, guerras, épocas… Leyendas, sin duda. Leyendas que aún viven, que nunca morirán, y que yo alcancé a ver.  

 

Mi querido Ipod Classic y sus guerreros audífonos

 

Al llegar a Tijuana empezamos a descubrir que la mitad del vuelo se dirigía al mismo sagrado lugar. La gran mayoría éramos jóvenes de entre veintitantos y treintaipico, entre esas amplias y en ocasiones vagas edades. Vimos a más de una pareja con su caja de zapatos en donde los boletos –en forma de pulseras– llegaron por correo. Nosotros –en forma de mexicanos– cruzamos por el nuevo puente que conecta el aeropuerto de Tijuana con San Diego. 30 dólares más 6 extra por visitar más allá del límite fronterizo nos costó a cada uno cruzar al otro lado. Tan fácil si tienes las oportunidades, tan lejos e imposible si no.

 

Los 40 minutos rumbo al hotel, a bordo de nuestra alquilada Mazda, pertenecieron a Dylan, responsable de abrir el festival, y por igual de inaugurar el nuestro. Reunido de nuevo con mi IPod (objeto que da la impresión de saber más de música que aquellos maestros de Spotify), el cable del auxiliar, la unión divina; fue mía. 

 

Caja de zapatos del Desert Trip (no incluye baterías)

 

- Viernes 7 de octubre -

A la mañana siguiente salimos de San Diego, durante poco más de dos horas manejamos entre desierto y montañas piedrosas, manejamos rodeados de nada y guiados por la ilusión. De nuevo la selección musical recayó en mí. Dos horas de puro Rolling Stones, “intensivo” como la copilota pactó el camino.

 

Tanto desierto por cruzar, tanto problema por querer llegar a ese oasis me puso a pensar, de nuevo, en mucho. Esta vez el pensamiento fue hippie, ¿cómo habrán sido esos viajes en combis y compañía pacífica? Me cambié de lugar por un instante: estaba sentado entre varios amigos, el aire acondicionado se esfumó y hacía mucho calor, las bocinas se cambiaron por una mujer tocando la guitarra mientras nosotros cantábamos la letra. De regreso a la realidad no me sentí muy alejado de una experiencia como en esas épocas. Después de todo la música es la misma, al igual que la gente y sus sueños.

 

 Imáginemos lo que Bob Dylan nos diría en esos momentos

 

Por si faltaba un toque de perfección, la casa a la que llegamos era una obra de exactitud inimaginable: desde la terraza con alberca y camastros, hasta los cuartos y la sala con su decoración te hacían sentir como en los años 70. Innecesario imaginar cómo dormían los hippies, esto era sentirlo.

 

En la casa refugio se prepararon los mezcales y las cervezas. La fiesta estaba lista; la emoción entraba por todos los sentidos.



 

 Atento porque el jueves por la tarde se publica la continuación, donde se narra el primer día de conciertos.

 


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